Espartanos
Todos los que hemos estudiado algo el mundo clásico, hemos admirado alguna que otra vez a los espartanos. Ese poder militar, la disciplina de sus soldados,...
Quizás algunos recordemos la película 300, y nos hemos sorprendido con la valentía del ejercito espartano en las Termópilas.
Relata el historiador griego Heródoto,
que escribió allá por el siglo V, la batalla de las Termópilas con todo
lujo de detalles, en el libro VII de sus Historias.
Quizás a algunos les suene no el nombre de Diéneces, pero si su frase mas célebre.
Según cuentan, ese sujeto pronunció, antes de que los griegos trabaran combate con los medos, la siguiente frase: le oyó decir a un traquinio que, cuando los bárbaros disparaban sus arcos, tapaban el sol debido a la
cantidad de sus flechas (tan elevado era su número); pero él, sin inmutarse ni conceder la menor importancia al enorme potencial de los medos, contestó diciendo que la noticia que les daba el amigo traquinio era francamente buena, teniendo en cuenta que, si los medos tapaban el sol, combatirían con el enemigo a la sombra y no a pleno sol. Esta frase y otras del mismo tenor son, según cuentan, las muestras que el lacedemonio Diéneces ha dejado de su personalidad.
Según cuentan, ese sujeto pronunció, antes de que los griegos trabaran combate con los medos, la siguiente frase: le oyó decir a un traquinio que, cuando los bárbaros disparaban sus arcos, tapaban el sol debido a la
cantidad de sus flechas (tan elevado era su número); pero él, sin inmutarse ni conceder la menor importancia al enorme potencial de los medos, contestó diciendo que la noticia que les daba el amigo traquinio era francamente buena, teniendo en cuenta que, si los medos tapaban el sol, combatirían con el enemigo a la sombra y no a pleno sol. Esta frase y otras del mismo tenor son, según cuentan, las muestras que el lacedemonio Diéneces ha dejado de su personalidad.
Por cierto que, según cuentan, dos de los trescientos espartiatas, Éurito y Aristodemo, podían -si ambos se hubiesen puesto de común acuerdo haberse salvado, volviendo juntos a Esparta (pues habían sido autorizados por Leónidas a abandonar el campamento y se hallaban en Alpeno aquejados de una grave dolencia ocular), o bien -si es que no querían regresar a su patria- haber muerto con sus camaradas. Esos dos sujetos, insisto, podían haber adoptado una u otra determinación, pero no acertaron a llegar a un acuerdo; es más, su decisión fue bien distinta: mientras que Éurito, al enterarse de la maniobra envolvente de los persas, pidió sus armas, se las puso y ordenó a su hilota que lo llevase al campo de batalla (cuando lo hubo conducido hasta allí, su guía se dio a la fuga, pero él se lanzó a la refriega, perdiendo la vida), Aristodemo, por su parte, se acobardó y se quedó donde estaba.
Pues bien, si Aristodemo hubiese retornado a Esparta por haber padecido la enfermedad él solo, o si hubieran regresado los dos juntos, los espartiatas no habrían manifestado indignación alguna hacia ellos. Pero el caso es que, como uno de ellos había muerto y el otro, pese a encontrarse en la misma situación, no había querido perder la vida, los espartiatas no tuvieron más remedio que irritarse mucho con Aristodemo. Unos, en definitiva, pretenden que así -esgrimiendo dicho pretexto- fue como Aristodemo se salvó, regresando a Esparta. Otros, en cambio, aseguran que recibió el encargo de llevar un mensaje fuera del campamento y que tuvo la oportunidad de tomar parte en la batalla que se estaba librando, pero no quiso hacerlo, sino que se entretuvo en el camino para conservar la vida, en tanto que su compañero de misión llegó a tiempo para la batalla y encontró la muerte.
A su regreso a Lacedemón, Aristodemo sufrió deshonra y humillación. Las muestras de discriminación que tuvo que soportar eran las siguientes: ningún espartiata le daba fuego ni le dirigía la palabra, y las muestras de desprecio consistían en que se le apodaba Aristodemo «el Temblón». Sin embargo, en la batalla de Platea reparó por completo la falta que se le imputaba.
Según cuentan, hubo asimismo otro espartiata, integrante del contingente de trescientos (su nombre era Pantitas), que recibió el encargo de llevar un mensaje a Tesalia y conservó la vida. Sin embargo, cuando ese
sujeto regresó a Esparta, ante la discriminación que sufría, se ahorcó.
Según cuentan, hubo asimismo otro espartiata, integrante del contingente de trescientos (su nombre era Pantitas), que recibió el encargo de llevar un mensaje a Tesalia y conservó la vida. Sin embargo, cuando ese
sujeto regresó a Esparta, ante la discriminación que sufría, se ahorcó.
Después de estas breves pinceladas, dejo un par de vídeos.
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